domingo, 9 de febrero de 2014

¿Por qué (ya) no soy ancap?


Quiero con este artículo exponer las conclusiones por las que ya no me considero anarcocapitalista y sí un liberal clásico.

No pretendo profundizar en  todas las razones que me han llevado a las conclusiones que presento, y mucho menos pretendo iniciar un debate con nadie porque no pretendo convencer a nadie de nada. Por supuesto leeré cualquier crítica que se pudiera presentar y la tendré en cuenta, pero al menos que alguno de esos posibles argumentos hagan mella en mi y varíen mi forma de pensar no voy a contestarlos porque mi tiempo y energía son escasos, y hace mucho tiempo ya que descubrí que quien más ansía enzarzarse en un debate suele ser quien menos dispuesto está a variar sus posiciones.

Las conclusiones a las que he llegado se pueden dividir en dos: aquellas de tipo pragmático y aquellas otras de fondo. Ambas son importantes, porque tan inútil sería una ideología buena en el fondo pero imposible de ejecutar, como una ideología posible de implementar pero errónea en sus fundamentos.

Conclusiones de tipo pragmático:

1- Todo activismo (especialmente político) que busque llegar a la anarquía está abocado al fracaso. La anarquía es un no-lugar, más que un sitio donde llegar. Es más una ausencia de, que una presencia de. El activismo es, en cambio, una idea positiva, en el sentido de que quiere construir algo. No se puede construir la anarquía porque esta tendría que basarse, necesariamente, en instituciones sociales (no políticas) las cuales se generan en una lenta evolución. Si se consiguiese llegar a  la anarquía sería por la propia evolución de las instituciones sociales, incluida el estado, y no por lo que un ínfimo puñado de militantes pudiera hacer. Por tanto considero que dedicar tiempo a ese esfuerzo inútil solo puede llevar a la más completa melancolía como diría Ortega.

2- Incluso si la anarquía tuviera lugar (al margen, como digo, de lo que los militantes hagan), nada nos asegura que fuese un sistema preferible al actual. Quien piense que puede imaginar una sociedad y esperar que se desarrolle según sus planes peca de una tremenda arrogancia. La sociedad es demasiado compleja para saber el camino que tomará. Y hay una razón aún más importante por la que podría no funcionar: la anarquía tendría que nacer de la sociedad actual y no de una especie de zona cero, y arrastraría, por tanto, numerosos “fallos de serie” de la misma forma, por ejemplo, que el feudalismo fue la consecuencia de las condiciones del Bajo Imperio. Y por cierto, preferiría, lógicamente desde una perspectiva general, mil veces vivir en la estatista pero civilizada Roma que en la cuasi anárquica pero feudal Europa que le siguió.

Estas dos razones hacen imposible, por si solas, el que yo pueda ser un ancap de tipo consecuencialista como David Friedman. Él parte siempre de la base de que “una vez establecido”, un sistema anarcocapitalista sería mejor y más estable que el actual. Ya, pero en ese “una vez establecido” está el problema. No se puede establecer y no sabemos si los costes de transición merecerían la pena.
Soy consecuencialista, pero dadas las dos anteriores razones, no soy ancap.

Conclusiones de fondo. Estas son las que impiden que sea un ancap (o minarquista) de tipo iusnaturalista:

1-. Entre los ancaps iusnaturalistas hay un dogma: el principio de autopropiedad. Al parecer hay una ley natural que dice que cada uno de nosotros somos los dueños exclusivos de nuestros cuerpos, de modo que cualquier acto en contra de nuestro cuerpo o contra lo que hacemos con él es un crimen. Los únicos argumentos cercanos a la ciencia que intentan demostrar este axioma son los manifestados por Hoppe con su teoría argumentativa. No me convencen lo más mínimo. Que para afirmar algo uno tenga que ser dueño de su propio cuerpo parece no quedar demostrado, por ejemplo, con el caso del esclavo que puede afirmar cosas en las que cree siendo, de hecho y de Derecho, propiedad de otra persona. Si lo que queremos es demostrar un supuesto “ser” (que toda persona es la única dueña de si misma) no podemos utilizar un “debería ser” (que no debería haber esclavitud). Eso es religión, no ciencia.

2-. Otro dogma: el estado, todo tipo de estado, es un ente criminal y, por tanto, no tiene justificación alguna. Las razones para pensar así son básicamente dos:

A) El estado se financia mediante impuestos y estos son un robo.
B) El estado ejerce un poder regulatorio monopolístico, y por tanto ilegítimo, sobre un territorio.

Ninguna es, ni tiene por que ser, siempre cierta. Depende de la naturaleza del estado en cuestión. Donde hay cauces para que los ciudadanos determinen que impuestos desean o donde el estado permite la competencia, esos dos axiomas no son ciertos.

En el caso de A pensemos en una institución tan común, y tan legítima e incuestionada, como una comunidad de propietarios. En una comunidad de propietarios estos son dueños exclusivos de sus viviendas y también son dueños en pro indiviso de aquellas zonas comunes tales como escaleras, ascensores, entrada, jardines, etc… Obviamente el mantenimiento de estas zonas comunes supone  unos gastos que se afrontan con las cuotas de los propietarios y alquilados. Cuotas que se deciden en asamblea, por votación. Bien, no creo que haya nadie que mantenga que una cuota así sea un robo, incluso aunque yo propietario haya votado en contra de dicha cuota. Al menos no conozco ni un solo teórico, ni siquiera ancap, que haya afirmado tal cosa. Siendo esto así ¿qué diferencia hay con los impuestos establecidos por un parlamento democrático? Ninguna a mi modo de ver.

El tamaño, aquí, no importa. No cambia la naturaleza de la institución el hecho de que una comunidad de propietarios sea más pequeña que un estado moderno. Podremos argumentar que el monto de la cuota (o de los impuestos) es alto, abusivo, bajo, innecesario, perjudicial… pero no que la cuota sea injusta en sí. Aquí el viejo grito de los colonos americanos vuelve a traer claridad al asunto: no taxation without representation. Es decir, que donde sí hay representación, oportunidad de votar y opinar, los impuestos no tienen porque ser un robo, es decir, un crimen en si mismos.

Lo mismo puede decirse respecto a las normas que rigen en esa comunidad de vecinos y las de un país democrático. Que los niños no puedan jugar al balón en los pasillos o que haya que respetar el descanso de los vecinos de diez de la noche a ocho de la mañana podrá parecernos mejor o peor, pero nadie niega el derecho de una comunidad de vecinos para dictar tales normas.

Si no nos gusta esa forma de funcionar se podría pedir la disolución de la comunidad, con el reparto de la propiedad común entre los partícipes, de igual manera que los liberales pedimos la privatización de tantas cosas o algunos piden la secesión de territorios, pero, repito, no se puede argumentar que en esa comunidad de bienes, en las normas democráticas que la rigen o en las cuotas que se acuerdan para su mantenimiento, hay algo criminal en si mismo.

En cuanto a la razón B no creo que todo lo que el estado hace sea o necesariamente tenga que ser un monopolio. De hecho pienso que un estado será más libre cuantas menos cosas sean monopolio suyo. Pensemos que en los EE.UU. incluso hoy, después de décadas de pérdida de libertad, se permite la existencia de milicias privadas que tienen el público objetivo de defender a la patria y su constitución. Es decir, incluso en lo que se considera la quinta esencia de las funciones estatales, la defensa nacional, hay espacio para la competencia. No veo razones para que esto no se extienda a más ámbitos si eso se considerara ventajoso.

En fin, no pretendo que este post sea una refutación de nada. Eso sería demasiado largo. Solo diré que dado que ese cambio se ha producido, el mismo me ha llevado a buscar esos modelos políticos que, a lo largo de la historia, han demostrado ser los mejores valedores de esas instituciones, como la propiedad privada, las libertades civiles o los contratos, que son la condición sine qua non de toda prosperidad y felicidad humanas. Y resulta curioso ver que, a pesar de los siglos pasados y de los cambios sociales y tecnológicos ocurridos, el modelo político más deseable y posible, aunque no perfecto, es básicamente el mismo que Aristóteles describiese ya hace 2300 años en su Política: la República. Esto es, el modelo de República descrito por él y por tantos otros después de él, donde el poder se somete a todo control posible, y donde las dos fuerzas destructoras de la libertad y la prosperidad, el populismo y la tiranía, son sometidas a una vigilancia perpetua.

Por lo tanto esa república clásica que, si no perfectamente, si ha demostrado ser repetidamente a lo largo de la historia, al menos en sus ejemplos más conseguidos, el mejor modelo posible de convivencia y prosperidad en una sociedad urbana (recalco esto ya que todos los ejemplos históricos mínimamente cercanos al anarco capitalismo se han dado en sociedades rurales. No por casualidad ciudad y estado tienen el mismo origen etimológico), me parece una meta alcanzable a la vez que deseable.

El liberalismo encuentra así su modelo político en esa República clásica y su objetivo será mantener a ésta dentro de los límites que garanticen el respeto a la propiedad y a la libertad.

En ese sentido en este blog hablaremos de instituciones republicanas y liberales (y sus contrarias), de ejemplos históricos de ese tipo de repúblicas, de asuntos de actualidad desde esa perspectiva republicana liberal y cualquier otro tema que venga al caso.

Espero que os interese.


2 comentarios:

  1. Bueno, lo entiendo perfectamente. Veo los mismos argumentos. La función del ideal es marcar la dirección, no ser alcanzado, como las estrellas. En ese sentido, la anarquía es un ideal inalcanzable. Puede guiar, pero siendo realistas, la civilización más vivible es una sociedad liberal clásica, así es. ¡Un abrazo!

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  2. Permíteme hacer un par de comentarios sobre tus dos cuestiones de fondo que te inclinan contra la filosofía ancap (que conste que yo tampoco soy ancap sino más bien minarquista/liberal clásico).

    Respecto al punto 1: toda concepción del estado en filosofía política trata de responder a la pregunta de cuál es la mejor organización posible de una sociedad, o cuál es la organización política más justa o legítima. Se trata, por supuesto, de una pregunta esencialmente filosófica sobre la justicia, y por tanto TODAS las respuestas posibles deberán enfrentarse a la ley de Hume que apuntas (el "deber ser" no puede derivarse del "es"), y por tanto cualquier respuesta no puede deducirse de la ciencia sino de agún supuesto de partida que se toma como verdadero. Los iusnaturalistas ancap a los que haces referencia parten del supuesto de la autopropiedad de John Locke, que es, por tanto, indemostrable, por más intentos que haya hecho Hoppe ni nadie, como bien apuntas, y basandose en ese punto de partida desarrollan su concepción del estado político ideal, en cualquier versión que elijas (Rothbard, D. Friedman o Nozick). Lo que sí es cuestionalbe es que estos ancaps utilicen la palabra "natural" para darle a su supuesto ad hoc una legitimidad "científica" que, desde luego, no tiene ni puede tener.

    Por otro lado, te puede gustar más o menos ese punto de partida que toman los ancaps, pero cualquier otro modelo de filosofía política ha de partir también de algún supuesto ético indemostrable aunque sea implícito y no explícito. Por ello, esa aparente debilidad de la teoría ancap con respecto a otras teorías no es tal. Por ejemplo, cualquier teoría de filosofía política que sea consecuencialista, como el liberalismo clásico y la escuela Austríaca, han de partir del supuesto indemostrable de que lo "bueno" o lo "éticamente mejor" es lo que tiene determinadas consecuencias objetivas mejores con algún estándard de medición o comparación, ya sea bienestar declarado, felicidad, riqueza, etc. sobre algún número mínimo o "adecuado" de personas. Nos puede convencer más esta aproximación, pero para ser justos debemos reconocer que como concepción de la "buena sociedad" tiene la misma base científica que el iusnaturalismo de cualquier especie (incluídas las especies religiosas).

    Tu segunda objeción de fondo, ilustrada con el ejemplo de la comunidad de propietarios, donde efectivamente las contribuciones no pueden llamarse impuestos es, de hecho, otro de los grandes modelos o metáforas de filosofía política para justificar el estado "justo": el contrato social, que se basa en la el consentimiento individual (a su vez hace el supuesto implícito de que ningún sistema puede ser justo si inicia la coacción sobre algún ciudadano). Es también un buen modelo, pero la analogía con el Estado no está clara, ya que por un lado se requiere el consentimiento de todos (unanimidad), lo que a nivel de estados no es posible y por otro lado, como ya apuntara Hume con su ejemplo sobre las mariposas, los nuevos ciudadanos nacidos en la comunidad no han dado su consentimiento a las reglas establecidas y sin embargo siguen obligados por la ley. Tampoco pueden escapar a otra situación cuando no hay en el mundo lugar alguno sin estados.

    Todas las concepciones sobre la buena organización política y económica de la sociedad son criticables, pero aún así nos vemos obligados a elegir alguna.

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