domingo, 18 de enero de 2015

Injuria y libertad de expresión



Cuando se trata de establecer los límites a la libertad de expresión se ha considerado tradicionalmente que estos vienen constituidos por dos tipos penales: la calumnia y la injuria.

Aparte de aquellos libertarios que piensan que no debe existir límite alguno y muchos otras personas que, por otro lado, gustosamente limitarían mucho más este derecho fundamental, podemos afirmar que calumnia e injuria han sido los limites más adecuados a y respetuosos con, la libertad de expresión y desde luego yo comparto esta opinión.

No obstante, si bien la calumnia no presenta ningún problema de interpretación, y es fácil de constatar su existencia (acusar falsamente a alguien de la comisión de un delito), cuando de la injuria se trata la cosa, aparentemente, se complica ya que se suele decir que es mucho menos objetiva, y que deja demasiado campo a la interpretación.

Según los que opinan así las interpretaciones de lo que constituye un acto u expresión injuriosa pueden ser tan laxas que en la práctica llevarían a una constante merma de la libertad de expresión.

El objeto de este post es, desde mi punto de vista de abogado y apasionado del Derecho, intentar demostrar que, adecuadamente interpretada, la injuria puede ser tan objetiva como la calumnia.

El Código Penal dice en su artículo 208 que injuria es “la acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación”.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que si bien se debe producir una lesión en algo tan poco definible como la dignidad de la persona, esa lesión debe, necesariamente, menoscabar la fama o atentar contra la propia estimación del ofendido.

Como vemos la injuria presenta dos supuestos: o bien menoscaba la fama de la persona o bien atenta contra la propia estimación del ofendido.

El primer supuesto es ya de por sí razonablemente objetivo, y se puede cuantificar. El segundo supuesto, sin embargo, plantea algún problema que no obstante es fácilmente salvable, como veremos.

Como decimos el primer supuesto implica menoscabar la fama del ofendido. Esto supone que lo que se dice del ofendido a) debe ser plausible b) debe dañar su reputación o buen nombre, o le debe afectar en alguno de los ámbitos de su vida (profesional, familiar, de pareja, amistades, etc..) Veamos:

a)Debe ser plausible en el contexto de cada caso.

Esto es de sentido común. Si lo que se afirma de alguien no tiene visos de ser verdad, por tener en cuenta las circunstancias que le rodean, o por ser exagerado o increible (como sucede con la sátira), no se daría este requisito.

Por ejemplo si de alguien se dice que es un alienígena que quiere conquistar la tierra manipulando nuestras mentes. O que es el mismo anticristo, difícilmente nadie pensará que esa afirmación es cierta (salvo que no esté en sus cabales).

Sin embargo si de una persona se dice que es un drogadicto, no siéndolo aparentemente, estaríamos, si la persona se sintiese ofendida, casi seguro frente a una posible injuria porque en nuestra sociedad ser un drogadicto es algo, desgraciadamente, bastante común, y constituye una afirmación, en principio, perfectamente plausible.

b) debe dañar su reputación o buen nombre, o le debe afectar en alguno de los ámbitos de su vida (profesional, familiar, de pareja, amistades, etc..)

Siguiendo con el ejemplo del drogadicto, vemos que también se cumpliría este segundo requisito ya que en nuestra sociedad es un hecho objetivo y tiene consecuencias negativas en, probablemente, todos los ámbitos de la vida de una persona, el ser o estar considerado un drogadicto.

Sin embargo, llamar, por ejemplo, a alguien gilipollas difícilmente va a menoscabar la fama de la persona, entre otras cosas porque es complicado definir en qué consiste, de forma general, ser un gilipollas. Y además es tan subjetivo que por sí solo, el llamar gilipollas a alguien no puede generar un consenso social suficiente como para menoscabar la fama de la persona.

Por otro lado habrá veces que una misma afirmación podrá ser una injuria si se lanza contra una persona y no serlo si se lanza contra otra.

Imaginemos que de un hombre se dice que se acuesta con hombres. Si ese hombre es un sacerdote afirmar eso, si fuese falso, constituiría una injuria por las características y obligaciones del sacerdocio. Pero si ese hombre es soltero, progresista defensor de los gays y con familia similar a él, difícilmente se podría argumentar que se le está injuriando. Es decir, el contexto de la persona es fundamental porque solo así podemos saber si su fama está siendo menoscabada.

El segundo supuesto, esto es dañar la propia estimación del ofendido, presenta más problemas ya que algo como la “propia estimación del ofendido” no es fácil de medir ni cuantificar, y es mediante este segundo supuesto, si no existiese el límite que veremos, que se podría herir seriamente la libertad de expresión.

Aceptar este supuesto, sin exigir ningún otro requisito, significaría tanto como aceptar que fuese el propio ofendido el que juzgase si hay injuria, ya que solo él puede conocer cuál es su propia estimación.

Afortunadamente el Código Penal en su artículo 214 establece, implícitamente, un requisito al decir que: “Si el acusado de calumnia o injuria reconociere ante la autoridad judicial la falsedad o falta de certeza de las imputaciones…”

Es decir, también este segundo supuesto y toda injuria de hecho, implícitamente exige que lo que se dice de una persona sea plausible, creíble en algún modo, porque si no fuese así no tendría sentido establecer el supuesto de retractación o reconocimiento de la falsedad de los hechos, ya que de algo que es obvia y abiertamente falso no es necesario reconocer su falsedad. Es evidente que lo es.

De modo que, incluso en el supuesto de que lo dañado sea “la propia estimación de una persona”, ese daño debe hacerse mediante una manifestación plausible sobre el ofendido. Creo que esto tiene implicaciones jurídicas importantes porque deja automáticamente fuera de la injuria a cualquier cosa que sea una sátira, ya que, por su propia naturaleza, toda sátira es abiertamente falsa, aunque solo sea por hiperbólica.

Como se puede ver la injuria es un delito mucho más objetivable de lo que en un principio se puede pensar, y de hecho se está aplicando generalmente de forma correcta por los jueces, salvo cuando hablamos de altas instancias de la magistratura (totalmente politizadas) y cuando se ofende a según que personas.

Por tanto calumnia e injuria deberían ser los únicos límites a la libertad de expresión. Esto significaría, entre otras cosas, que un tipo penal como el del artículo 525 del Código Penal (ofensa a la religión) debería ser eliminado por innecesario y abusivo.

Abusivo ya que es prácticamente imposible criticar a una religión sin ofenderla debido a que, hechos que para un ateo o miembro de otra religión son completamente absurdos y, muchas veces, criminales, son para los creyentes dogmas de fe. Piénsese la dificultad de hacer una crítica libre sin llegar a ofender a alguien.

Creo además que es un tipo penal completamente innecesario ya que dentro de la injuria y la calumnia cualquier auténtico daño a los sentimientos religiosos podría ser castigado.

Para finalizar es importante recordar que la calumnia y la injuria son delitos privados, los únicos que quedan en el CP. Esto significa que solo a instancia del ofendido o de sus familiares si él no puede, podría querellarse alguien. Y es lógico que así sea porque como decíamos solo el ofendido puede decir si se siente dañado.

Piénsese, en función de esto último, que sentido tiene defender el honor de un tipo muerto hace 1500 años, por muy importante que sea para muchas personas.

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